Nihontô es quizás la palabra más correcta para referirse a los diferentes tipos de sables japoneses. Está compuesta por dos kanji, el de 日本 – Nihon (Japón) y el de刀 – katana, pronunciado en este caso tô. Con esta denominación estamos haciendo referencia a un arma característica de una nación, pudiendo englobar así a todas las tipologías de espada y sable que surgieron a lo largo de los siglos.
Para rastrear el origen del primer ideograma de nihontô, debemos retroceder al siglo VII, que es cuando el príncipe Shôtoku envía la famosa misiva al emperador de China, firmando “del gobernante del país del sol naciente (Nippon) al gobernante del país del sol poniente”. Con esta carta, no sólo se resquebrajaban siglos de pseudovasallaje a la Casa Imperial China, poniéndose a su misma altura, sino que se crea una conciencia nacional que impregnará a todas las facetas de la política y la cultura. Es entonces donde empezamos a proporcionar la “denominación de origen” a los sables y otras obras de arte creadas a partir de este hecho histórico.
El proceso evolutivo de la forja en Japón no fue rápido ni fácil. Los primeros trabajos del metal se remontan al Periodo Yayoi (300a.C. – 250/300d.C.), cuando se importó vía China la fabricación de armas de bronce. Estas primeras espadas (tsurugi–dôken) están consideradas como meras piezas votivas con fines religiosos, sin embargo, no se descarta una posible utilización bélica. A partir del siguiente periodo histórico, llamado Kofun (250d.C.-538/600), se comienza a trabajar el hierro como materia para forjar espadas. Las técnicas metalúrgicas y las formas de dichas armas todavía se encuentran muy en línea con el armamento presente en China y en los diferentes reinos de Corea. Esto es algo que no resulta extraño, ya que en este momento el hierro llegaba a Japón importado de ambos territorios. Gracias a estos datos, podemos deducir fácilmente que el contenido de mineral férreo en Japón era un bien escaso. La mayoría del hierro presente en las islas japonesas se encontraba en pequeñas cantidades mezclado con el suelo, en un conjunto de arenas ferruginosas llamadas satetsu.
Aproximadamente hacia finales del siglo VI, aparece en Japón el primer horno tatara, como una solución al problema de la extracción del hierro de las arenas. Este es un proceso complejo, pero que se puede dividir en varias partes diferenciables:
El tamahagane es un acero rico en carbono, y su utilización como materia prima es una de las características indispensables para poder hablar de nihontô. Por supuesto que tras el proceso de extracción del acero de las arenas quedan multitud de pasos de clasificación y tratamiento del acero para librarlo de impurezas que pongan en peligro la integridad de la hoja, o que resulten antiestéticas. Desde este primer momento, hasta el final del proceso, es importante hacer notar que un buen forjador valora tanto la funcionalidad del arma como su belleza inherente como obra de arte.
Durante los siglos del Periodo Kofun, y el Periodo Asuka (538/600 – 710), en incluso en los primeros años del Periodo Nara (710-794) seguiremos hablando de espadas rectas, siendo sólo a partir del siglo VIII cuando empiezan a aparecer modelos con una cierta curvatura, como una posible herencia de los sables warabite-tô que usaba la tribu norteña de los Emishi. Sin embargo, habrá que esperar al siglo X, ya dentro del Periodo Heian (794 – 1085), para encontrar los típicos sables curvos que asociamos con la idea de un nihontô.
El nihontô, como cualquier arma, evoluciona con los nuevos tipos de guerra. Entre el Periodo Yayoi y el Periodo Kamakura (1185 – 1133), el arco (yumi) ocupaba el primer escalafón en cuanto a las armas de los bushi o guerreros.
Hacia el siglo XII, el arco empezará a perder importancia en favor de otras armas de hoja metálica, como el nihontô o la naginata. Esto favorecerá el desarrollo de los sables, hasta el punto en que se inicia el mayor periodo de avances tecnológicos en la fabricación de nihontô. Durante el Periodo Kamakura se formarán las bases sobre las que, aún hoy en día, se apoya el arte del nihontô. Estos talleres y escuelas de forjadores darán forma a los tachi, una tipología del nihontô caracterizada por su pronunciada curvatura y por portarse con el filo hacia abajo. Su uso será tanto militar como ceremonial, variando en las monturas utilizadas, pero nunca en la hoja que siempre es de la mejor calidad.
Tras la caída del gobierno situado en la ciudad de Kamakura, el poder regresó a Kioto, donde la familia Ashikaga tomaba el mando (1336 – 1576). Dentro de este mandato, de 1333 a 1392 se da el Periodo Nambokuchô, marcado por la división de las cortes imperiales entre el Norte y el Sur de Japón. Durante este corto periodo, la infantería ganó algo de peso sobre la caballería, surgiendo una gran cantidad de armas para derribar jinetes y sus monturas. Entre ellas, el nihontô aumentó considerablemente su longitud y anchura, naciendo los tipos denominado ôdachi (gran tachi), llegando a casos de dos metros de hoja, siendo necesarias varias personas para manejarlo.
Aún bajo el gobierno en Kioto de la familia Ashikaga, hacia 1477 dio comienzo una etapa de guerras intestinas en Japón. Los daimyô o señores feudales combatían por defender o ampliar sus territorios, algunos de ellos incluso formaron alianzas para intentar dominar todo el país. Este será el denominado Periodo Sengoku, que durará casi un siglo, hasta el 1573, cuando las ambiciones de dominio de Japón por parte de Oda Nobunaga y Toyotomi Hideyoshi den sus frutos. Durante este siglo de batallas campales y asedios, la guerra vuelve a cambiar. Por un lado las armas enastadas (especialmente el yari) vuelven a vivir una época dorada, al proponerse como arma más efectiva contra la caballería. En el caso de los sables, los modelos de tachi se fueron acortando a medida que trascurrieron los años desde el fin del Periodo Nambokuchô. Durante los muchos asedios a castillos que se dieron durante el Periodo Sengoku, los samurái se dieron cuenta que precisaban de un arma de corte apta para luchar en el interior. Además, los castillos japoneses estaban construidos de tal manera que fuera imposible acceder al interior con lanzas (debido a sus muchas esquinas) ni utilizar grandes sables (debido a sus vigas bajas). Esto propició que el sable se acortara hasta llegar a los 40-70cm de hoja, reduciendo también su curvatura (sôri). Puesto que la caballería perdió peso en favor de la infantería, ya no era necesario portar el sable colgado a un lado y los nuevos soldados prefirieron introducirlo directamente en el cinturón/fajjín (obi). Estos nuevos nihontô se dispondrán con el filo hacia arriba, al contrario de los tachi, y recibirán el nombre de uchigatana.
Finalizado el Periodo Sengoku, así como los denominados Azuchi-Momoyama (1573 – 1603) donde Oda Nobunaga y Toyotomi Hideyoshi unificaron y gobernaron el país, llegaron la última batalla campal y el último asedio: Batalla de Sekigahara (1600) y Asedio del Castillo de Osaka (1614-1615). Mediante estas dos campañas bélicas, la familia Tokugawa y sus aliados se consolidaron como los regentes de Japón, iniciándose con ellos el Periodo Edo (1603-1868). Puesto que ya no había más batallas que librar, la evolución del nihontô se estancó durante más de dos siglos. En este periodo, los sables pasaron a ser una herramienta y símbolo de los samurái, configurando el daishô o conjunto de sable largo (katana) y sable corto (wakizashi), que hoy en día seguimos considerando como las formas más arquetípicas del nihontô. Pese a que hubo notables cambios en la estética de sus monturas y hojas, el Bakufu dictó a lo largo del Periodo Edo una serie de normas para intentar organizar y regular la forja de nihontô.
Pese a que el Periodo Edo no estuvo exento de duelos, escaramuzas, ajustes de cuentas y pequeñas sublevaciones, no se llevaron a cabo grandes batallas, afectando en ello a la producción de nihontô. Además, la introducción de las armas de fuego de mano de los portugueses y españoles en el siglo XVI facilitó en gran medida la supresión de revueltas, como la acaecida entre 1637-38 en Shimabara. Ante los constantes abusos y persecuciones que sufría la comunidad cristiana en Japón, tras los edictos de prohibición del cristianismo en 1614, un grupo de cristianos japoneses se sublevaron tomando el castillo de Hara y poniendo el jaque a los daimyô del Sur-Oeste de Japón. Sin embargo, la mayoría de estos rebeldes era de ascendencia campesina, por lo que los nihontô no jugaron un especial papel.
A mediados del siglo XIX, el descontento generalizado por las políticas del Bakufu, y las ambiciones imperialistas de varios feudos del Sur, provocaron una gran guerra civil entre partidarios del sistema político imperante, ligado al shôgun y una renovación del país encabezada por la figura simbólica del emperador. Hacia 1853, con la llegada del Comodoro Perry y la flota norteamericana, las tensiones se atenuaron y en la década de 1860, aquellos descontentos con la situación del país iniciaron una serie de revueltas. Los feudos de Satsuma y Chôshû, y más tarde Tosa, encabezaron acciones bélicas contra el Bakufu, dando lugar al Periodo Bakumatsu, y saldándose con el final del gobierno de los Tokugawa y el inicio de la Era Meiji (1868-1912). En este periodo de guerra civil, los nihontô volvieron a adquirir todo su sentido práctico, aumentando su producción y desarrollando nuevas formas de montura y hoja según los feudos/facciones de la contienda. Pese a que en las grandes batallas las armas de fuego eran lo predominante, la gran cantidad de escaramuzas callejeras, asesinatos y rebeliones hicieron del sable japonés la herramienta usada por los samurái para lograr la Restauración Meiji, o bien para impedirla (en el bando del Bakufu).
Con la llegada de la Era Meiji se acabaron los conflictos internos pero con la apertura de los puertos, empezaron las acciones bélicas internacionales, como la Primera Guerra Sino-Japonesa (1894-1895) o la Guerra Ruso Japonesa (1904-1905). Una vez abolida la clase samurái y decretada la prohibición de portar sable sin autorización, los nihontô pasaron a ser un distintivo de los oficiales del ejército nipón. Sin embargo, desde el momento en que se empezaron a fabricar sables en masa, sin utilizar las materias y métodos tradicionales, dejan de ser considerados nihontô. Esto no quiere decir que se dejaran de fabricar, pero desde este momento sabemos que su finalidad era la de una obra de arte y coleccionismo, así como una herramienta de práctica de algunas disciplinas de artes marciales tradicionales (koryû).
La corta Era Taishô (1912-1926) y la Era Shôwa (1926-1989) siguieron el modelo de utilización del sable japonés (sin tratarse de nihontô) en los rangos superiores del ejército, desterrándose totalmente su uso de combate una vez finalizó la Segunda Guerra Mundial.
Hasta aquí hemos hablado de la evolución del armamento japonés y la forja de espadas/sables en función de los periodos históricos, sin embargo, la periodización y cronología utilizada en la clasificación de los nihontô sigue otros parámetros.
Llegados a este punto, surge la pregunta: ¿cuál es el prototipo de nihontô que debemos considerar “el alma de Japón”? Desde luego, es una pregunta de difícil respuesta, ya que todos y cada uno de los sables japoneses guardan una estrecha relación con la historia de la nación nipona. Sin embargo, vamos a destacar tres ejemplos, un chokutô, un tachi suriage y una katana, que gozan de las suficientes garantías como para considerarse tanto emblemas nacionales, como paradigmas del nihontô.
El nihontô no es sólo un arma, es una obra de arte en sí misma, e incluso más, es un conjunto de obras de arte, cada una fruto de diferentes artistas formados en escuelas que se remontan a los inicios de la historia nipona. Cada uno de los tipos de espadas y sables que hemos tratado, están impregnados de la propia historia de Japón, evolucionando con ella, tanto en aspecto práctico y militar como en el estético y artístico. Es por esto que sin lugar a duda podemos decir que el nihontô no sólo está impregnado del alma de los samurái que lo utilizaron, sino de toda la nación japonesa.
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